Arena sin ley: crónica de una tarde peligrosa en La Frontera de Pinamar
El ruido no avisa: irrumpe. Primero es un zumbido grave que se mezcla con el viento y el mar, y después la estampida. Camionetas 4x4, cuatriciclos y UTV atraviesan los médanos como si la arena fuera una pista improvisada. No hay vallas. No hay carriles. No hay reglas visibles. En La Frontera, ese borde norte de Pinamar donde la ciudad se desdibuja, el verano vuelve a mostrar su costado más crudo.

La escena se repite todos los días, especialmente por la tarde. Familias sentadas sobre lonas, chicos corriendo descalzos, mates que se enfrían de golpe cuando un motor pasa demasiado cerca. En el centro del espectáculo, las picadas: aceleradas largas, desafíos mudos, miradas cómplices. Un error mínimo alcanza para que la fiesta se transforme en tragedia.
Cubrir lo que ocurre en La Frontera no es sencillo. Periodistas y camarógrafos que intentan registrar el descontrol suelen ser hostigados, increpados o empujados por quienes no quieren cámaras ni preguntas. “Acá no filmen”, le dicen a un grupo de comunicadores de Todo Noticias (TN)acompañando esas palabras con un movimiento de mano brusco que termina siendo impactado en el rostro de uno de ellos. El límite entre la advertencia y la agresión es tan frágil como la arena que pisan. Informar también implica exponerse, porque no hay autoridad clara que marque un perímetro de seguridad, ni para el público ni para la prensa.
Cuatriciclos, velocidad y ausencia de control

El ingreso a la zona tiene controles intermitentes. Una vez adentro, la ley parece diluirse. Las picadas no son un rumor: ocurren a plena luz del día. En lo que va de la temporada, varias personas fueron detenidas por maniobras temerarias y carreras ilegales, en su mayoría vinculadas al uso de cuatriciclos y camionetas adaptadas para la arena. Los operativos existen, pero llegan tarde o no alcanzan: el territorio es grande, el público masivo y la lógica del “vale todo” se impone.
Los accidentes son frecuentes. Vuelcos, choques, atropellos. Algunos se resuelven con traslados al hospital; otros dejan marcas más profundas. Un niño atropellado. Jóvenes heridos. Turistas que vuelven a su alojamiento con el susto pegado al cuerpo. La mayoría de los siniestros no llega a convertirse en noticia nacional, pero engrosan una estadística silenciosa que se repite cada verano.

Ayer, mientras los motores seguían rugiendo en los médanos, un nene de 8 años terminó internado. El accidente ocurrió en el mismo escenario de siempre: cuatriciclos circulando sin un orden claro, adultos confiados, chicos demasiado cerca de máquinas demasiado potentes.
El cuatri avanzaba por la arena cuando el menor fue embestido. No hubo tiempo de correrse ni advertencia previa: el impacto fue seco, breve, definitivo. El silencio llegó después, cuando la gente se agrupó alrededor del cuerpo pequeño tendido sobre la arena caliente.
El niño fue trasladado de urgencia al hospital local. Permanece internado, en observación permanente. El parte médico indica que sufrió politraumatismos, con golpes en el tórax y en las extremidades, además de un traumatismo encéfalo craneano leve. Está consciente, estable, pero bajo control médico estricto. Las próximas horas son clave.
En la sala, las máquinas suenan bajo, como si también supieran que cualquier ruido de más molesta. Afuera, el verano sigue.
No es un caso aislado. Es una escena conocida. Un niño, un cuatriciclo, un adulto que acelera, un espacio sin límites claros. Cada temporada suma nombres, edades, camas ocupadas. Algunos vuelven a casa. Otros no.
Pinamar carga con antecedentes que no se borran. A lo largo de los años, los accidentes con cuatriciclos y vehículos en la arena dejaron víctimas fatales, muchas veces jóvenes, a veces menores. No siempre fue La Frontera, pero el patrón se repite: velocidad, imprudencia y ausencia de límites claros. Cada temporada se anuncia que será distinta. Cada enero demuestra lo contrario.
En La Frontera, el peligro no aparece de golpe: se acumula. Está en cada picada tolerada, en cada control ausente, en cada vez que la advertencia llega después del impacto.
El niño de 8 años sigue internado. Su familia espera. La arena, mientras tanto, ya borró las huellas del accidente. Pero el riesgo —como todos los veranos— sigue ahí, intacto, esperando el próximo error.
Un problema estructural, no un exceso aislado
Lo que ocurre en La Frontera no es un desborde ocasional: es una materia pendiente. Falta planificación, señalización, presencia sostenida del Estado y una definición política sobre qué se permite y qué no en ese espacio. La arena no es tierra de nadie, aunque así se viva durante el verano.
Cuando cae el sol y los motores se apagan por un rato, el lugar vuelve a parecer un paisaje natural. Pero es apenas un paréntesis. Mañana, con la marea baja y el calor alto, la escena se repetirá. Y la pregunta seguirá flotando en el aire salado: ¿Cuántos accidentes más hacen falta para que La Frontera deje de ser sinónimo de peligro?




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