“El mar se fue y volvió como una furia”
Crónica desde la costa de un meteotsunami que no estaba en los manuales

Era un lunes más de verano: el sol sobrecalentaba la arena, los parlantes de playa reproducían reggaetón y cientos de cuerpos extendidos absorbiendo calor parecían sincronizados con un paisaje que no presagiaba tragedia. Hasta que, de pronto, el mar habló.
A eso de las 16:20, el agua se retiró varios metros hacia el horizonte, dejando al descubierto un lecho de arena donde minutos antes nadie imaginaba que el océano volviera a tomar su lugar. Los bañistas, primero confundidos, rieron —alguno incluso sacó una foto—, cuando de a poco advirtieron el silencio inquietante del mar que se alejaba.
Y entonces llegó.
Como una pared líquida, una ola gigante rompió la calma y avanzó con fuerza brutal sobre la orilla, arrasando sombrillas, bolsos y reposeras, sorprendiendo incluso a quienes estaban lejos del agua. Gritos, corridas, manos que se buscan en medio del caos: así recordaban después los testigos la escena que parecía venir de una película.
“No reaccionaba… estaba tomada de la mano de su pareja y de golpe la ola la tiró al suelo”, relató una testigo, con la voz quebrada por la incredulidad.
Lo que ocurrió no fue un tsunami clásico —ese que nace de terremotos bajo el lecho marino— sino un meteotsunami, un fenómeno raro causado por abruptos cambios atmosféricos que desencadenan una súbita elevación del nivel del mar.
En cuestión de segundos, la alegría y la despreocupación veraniega se transformaron en alarma y emergencia. Incluso los guardavidas, acostumbrados a lidiar con sudestadas y corrientes, dijeron más de una vez: “Nunca vi nada igual.”
La tragedia dejó un saldo doloroso: un hombre de 29 años perdió la vida tras ser arrastrado por la corriente y golpearse contra las rocas en la zona de la albufera de Mar Chiquita. Su nombre era Yair Amir Manno Núñez, un marplatense que vivía en Francia y había vuelto al país para vacacionar con su novia. Ese día desembocó en una serie de recuerdos rotos e imágenes que jamás se podrán borrar para quienes estuvieron allí.
Además, al menos 35 personas resultaron heridas, con cortes y contusiones que relatan la violencia con la que el agua impactó sobre el público desprevenido.
En Santa Clara del Mar y en distintos puntos de la Costa Atlántica, la escena se repitió: playas evacuadas, ambulancias entrando y saliendo, voces que no encontraban palabras.
Cuando la naturaleza escribe su propio guión
Lo que empezó como un día típico de verano terminó con una costa que guarda ahora la memoria de un instante que nadie esperaba: un oleaje que no vino de un terremoto ni de un volcán, sino de las entrañas mismas del clima, como si el mar hubiera decidido, por un momento, reclamar su lugar.
Y mientras los turistas empacaban mochilas con manos aún temblorosas, y los guardavidas contaban lo que vieron, una pregunta flotaba en el aire salado: ¿cuándo volverá a ocurrir algo así? Porque en Mar Chiquita, ayer, el mar enseñó que incluso lo improbable puede convertirse en realidad.
Mariela estaba acomodando la heladera portátil cuando vio algo que no cerraba. “El mar estaba lejos… demasiado lejos”, dice. No gritó. Al principio nadie gritó. La escena era absurda: chicos caminando donde minutos antes había agua, adultos señalando el horizonte como si esperaran que alguien explicara lo que estaba pasando.
“Pensé que era marea baja, pero nunca vi que el mar se vaya así, de golpe. Era como si alguien hubiera tirado del agua hacia atrás”, recuerda.
Unos metros más allá, Pablo —guardavidas desde hace doce temporadas— estaba de espaldas al mar. Escuchó primero el sonido. No era el habitual romper de las olas, sino algo más denso, continuo, grave. “Cuando me doy vuelta, la ola ya estaba armada. No te da tiempo a nada. Gritás, corrés, tratás de sacar gente del agua, pero es una masa que avanza y no negocia.”
La ola no llegó sola. Llegó con fuerza, con velocidad y con objetos: reposeras que volaban, sombrillas que se doblaban como alambre, mochilas que golpeaban piernas. El agua entró a la playa como si no hubiera límites entre la arena y el mar.
En segundos, la playa dejó de ser playa y se convirtió en escenario de emergencia. Personas llorando, otras sangrando, algunas paralizadas sin entender qué había pasado. Los guardavidas improvisaron camillas con tablas. Los turistas ayudaban como podían, alcanzando toallas, cargando chicos, señalando heridos.
“Nunca vi tanto silencio después”, dice Roberto, comerciante de la zona. “Después del ruido, quedó un silencio horrible. Nadie hablaba. Solo se escuchaban sirenas.”
El después
Cuando el agua volvió a su lugar, nada era igual. La arena estaba marcada por surcos irregulares, como cicatrices. Había ojotas solas, una mochila abierta, una reposera doblada. Objetos comunes convertidos en prueba de que algo extraordinario había ocurrido.
En Mar Chiquita, ayer, el mar no avisó. No dio margen. No respetó rutinas ni certezas.Solo entró, golpeó y se fue.
Y dejó en la orilla algo más que heridos y miedo: dejó la certeza de que incluso en los días más tranquilos, la naturaleza puede escribir su propia crónica —una que nadie elige leer, pero todos recuerdan.




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