Cuando el verano era promesa: Pinamar en los años cuarenta
Por Dolores Ripoll

El verano llegaba a Pinamar como una ceremonia lenta, casi íntima. En la década del cuarenta, este rincón de la costa atlántica bonaerense todavía no era un destino masivo: era un proyecto en marcha, una apuesta audaz sobre un territorio de médanos móviles y viento constante.
La historia ya había comenzado. En 1943, el arquitecto Jorge Bunge, junto a su esposa María Luisa Gesell, impulsó formalmente el loteo de Pinamar, luego de años de estudios sobre forestación y fijación de dunas. El desafío no era menor: hacer habitable un paisaje que, hasta entonces, parecía resistirse a toda forma de asentamiento permanente.

Antes incluso de ese fraccionamiento, un edificio se había adelantado al futuro. Se trataba del Hotel Pinamar.
Inaugurado en 1940, el Hotel Pinamar, fue la primera gran construcción del balneario y el epicentro de la vida social de aquellos veranos iniciales. Su silueta baja, de líneas sobrias, se levantaba frente al mar como una declaración de intenciones: Pinamar sería elegante, pero no ostentosa; moderna, pero en diálogo con el paisaje.
Allí se alojaban familias de Buenos Aires y de ciudades del interior que buscaban un descanso distinto al de Mar del Plata. El hotel ofrecía comedor, salones de estar, galerías abiertas y actividades sociales nocturnas. Por las noches, se organizaban cenas formales y bailes donde sonaban tangos, boleros y música internacional, en un clima más cercano al club social que al entretenimiento masivo.

Un pueblo que se estaba inventando
A mediados de los años cuarenta, Pinamar contaba con pocas decenas de construcciones: chalets de madera y piedra, casas bajas con techos a dos aguas y amplios ventanales, diseñadas para resistir el viento y convivir con la arena. No existían edificios en altura ni calles asfaltadas. Las arterias eran de arena y se orientaban según la lógica del médano, no del plano urbano.
La forestación —principalmente pinos marítimos— era todavía joven. Muchos árboles apenas superaban la altura de una casa. La lucha contra el avance de la arena era diaria: se colocaban cercos de ramas, se reforzaban médanos, se limpiaban entradas cada mañana…
Asistir a la playa era el acto social por excelencia. La playa no era un espacio anónimo. Era un escenario compartido.

Las mujeres vestían trajes de baño enterizos, de colores sobrios —azules, negros, bordó— confeccionados con telas pesadas. Solían cubrirse con batas claras o vestidos livianos, protegerse del sol con sombreros de ala ancha y anteojos oscuros que eran más misterio que protección solar. El cabello recogido, prolijo, resistente al viento era la característica principal y .el bronceado no era un objetivo: la elegancia seguía siendo pálida.
Los hombres usaban mallas tipo short, camisetas blancas o directamente pantalones arremangados. Muchos no se metían al mar: caminar por la orilla o sentarse a mirar el agua formaba parte del ritual.
Los chicos, en cambio, eran los dueños de la playa. Corrían entre carpas de lona clara que se montaban cada mañana y se desmontaban al caer el sol. Jugaban descalzos con palas, construían castillos de arena, que el mar se llevaba sin pedir permiso. Nadie parecía enojarse por eso.
No había agenda. El día se organizaba solo.
Por la mañana, caminatas largas por la orilla. A la tarde, reposeras mirando el mar, lectura, siesta. El sonido dominante era el viento entre los pinos y el golpe regular de las olas. Las conversaciones eran lentas, casi ceremoniales.
Algunos practicaban pesca desde la costa, otros se animaban a cabalgatas por los médanos. Había paseos en bicicleta por calles que todavía no tenían nombre. A la noche, el ritual era social: cenas largas, bailes discretos, charlas en las galerías del hotel.
El verano no era consumo. Era permanencia.
Todo parecía estar empezando. Los pinos, traídos para fijar los médanos, todavía no habían ganado altura. La arena avanzaba, entraba en las casas, se metía en los zapatos. Pinamar no estaba domesticado. Era un acuerdo frágil entre naturaleza y proyecto. Tal vez por eso quienes veraneaban allí hablaban de Pinamar como de un secreto. Un lugar que no necesitaba explicarse.
Los balnearios no eran complejos comerciales: eran casillas de madera, carpas claras, una confitería modesta donde se servía café con leche, soda y medialunas que se derretían con el calor.
En los años cuarenta, el verano en Pinamar no se medía en temporada alta o baja. Se medía en días largos, en silencios compartidos, en la sensación de estar lejos de todo sin estar del todo perdidos. El ritmo lo marcaban la luz y el viento. El verano no se consumía: se habitaba.
Era un tiempo donde el mar no era fondo para selfies, sino escenario principal. Donde la playa no se ocupaba: se habitaba.
Y aunque hoy los edificios se eleven y las calles estén asfaltadas, algo de aquel verano inicial todavía persiste. Basta caminar temprano, cuando el viento borra las huellas de la noche, para entenderlo: el mar sigue llegando del mismo modo, sin apuro y sin pedir permiso.
En tiempos de playas colmadas y espacios en disputa, aquellos veranos fundacionales sobreviven como una memoria obstinada. La certeza de que Pinamar nació no para imponerse sobre el paisaje, sino para aprender a convivir con él.
Recordar cómo se habitaba el verano en sus primeros años permite revisar, desde el presente, qué modelo de ciudad y de costa se construyó después. En esa comparación —entre el balneario que fue y el que es— persiste una pregunta vigente: ¿hasta dónde puede crecer un lugar sin perder el vínculo que le dio sentido?





Comentarios